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¿Cómo fue 2018?

Autor: 
DEC
Fecha: 
Mar, 01/22/2019




Bajo la sombra triste de los salvadoreños que prefieren marcharse en caravanas, el 2018 nos dejó una economía con un patrón acentuado de bajo crecimiento. No hubo una fuerte generación de empleos formales, lo que continuó presentando una tasa baja de incremento, que se mantuvo estable en 1.2% en promedio, entre diciembre de 2017 a agosto de 2018.  

Los pagos ineludibles hacia el exterior aumentaron. La factura petrolera se acrecentó US$288.4 millones a octubre, cuando a igual periodo de 2017, incrementó en un monto menor, US$132.2 millones. También, en el ámbito internacional las tasas de interés continuaron incrementándose, aumentando el pago por deudas que mantienen nacionales, con el resto del mundo. 

A pesar de enfrentar problemas semejantes, El Salvador continuó atrayendo menos flujos de inversión que sus pares centroamericanos, y no fue un factor dinamizador. En la comparación al primer semestre, lo que quedó, quitando las salidas a las entradas, descendió de US$406.2 millones a US$US287.4 millones.

De manera semejante al año anterior, el sistema financiero se mantiene sólido, y tanto los créditos como los depósitos crecieron. Asimismo, las remesas se mantuvieron incrementándose a una tasa alta, aumentando US$375.5 millones, lo que equivalen a 9.1%, lo que posiciona a este elemento como un ancla, que mantiene tanto a la economía en general, como ciertas condiciones sociales, sobre todo para los 400 mil hogares que son receptores de esta ayuda familiar. 

La diferencia entre las empresas que vendieron más, contra las que vendieron menos, registrado a través de las Encuestas Dinámica Empresarial, indicó al tercer trimestre, un nivel más alto para industria y servicios; sin embargo, es menor que lo registrado durante el segundo trimestre del año. Este efecto fue contrarrestado por otros elementos que descendieron. 

La sequía influyó en contraer al sector agrícola. Comparando a septiembre, la variación que capta el Índice del Volumen de la Actividad Económica (IVAE) del agro, registró una caída desde -0.1% a -4.9%. Este hecho es relevante, porque el menor ingreso por autoconsumo de los trabajadores en el campo, tiene un impacto en la pobreza. 

Las exportaciones de bienes no muestran un dinamismo a tono con el entorno favorable. Comparando los tres trimestres acumulados del año, dichas exportaciones se desaceleraron de 5.8% a 3.2%. No obstante, las de servicios sí aumentaron, pasando de -0.8% a 7.6%, y constituyen un campo interesante de oportunidades para el futuro.  

Con mayor déficit y deuda pública, la situación fiscal se deterioró. En 2017, el déficit anual ascendió a US$632.7 millones o -2.5% del PIB; sin embargo, a pesar de las oportunidades que el Gobierno tuvo, como la amnistía fiscal y la reforma de pensiones, el comportamiento del gasto elevó el déficit en 2018, hasta por encima de US$800 millones, lo que lo ubica, en términos del PIB, entre 3.1% y 3.4%. Las metas de la Ley de Responsabilidad Fiscal no se cumplieron y con ello, la deuda que ya es alta, continúa en un escenario pasivo en una senda de incremento e insostenibilidad, pasando de 71.6% a 72% del PIB, entre 2017 y 2018. 

La realidad es compleja y difícil, la gente muestra signos de desconcierto y confusión sobre cuál sendero seguir. La sociedad clama por políticas públicas audaces, que comprueben su eficacia en llevar al país, con rumbo claro, hacia nuevos horizontes de progreso. 

Editorial publicado en Revista El Economista, edición enero 2019

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