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¿Importan las ideologías?*

Autor: 
Luis Mario Rodríguez R.**
Fecha: 
Vie, 07/31/2020

 

Los que recurren a la antipolítica como táctica para alcanzar el poder desprecian a las ideologías. En su estrategia de campaña rechazan cualquier tipo de inclinación ideológica que les intenten atribuir. No son ni de izquierda ni de derecha, se identifican con liberales y conservadores y mezclan aspectos del capitalismo con consignas socialistas. Actúan según el segmento de votantes al que se dirigen. Su mensaje es inconsistente, voluble. Son veletas.

Algunos partidos, con el propósito de captar votos, se han convertido en organizaciones “atrápalo todo”. Sus propuestas transitan a lo largo del eje de ubicación ideológica. Por eso relativizan su discurso y se vuelve difícil para los electores entender cuál es su posición respecto de temas trascendentales.

Son proaborto y provida al mismo tiempo; no está claro si quieren más Estado o menos Estado; combinan el mercado libre con el control de la economía, de los precios, etc., no tienen claro si es necesaria la disciplina fiscal o la expansión del gasto público, se enredan cuando debaten si son necesarios más o menos impuestos. Y así agregan más contradicciones y confusión a su ideario.

Las ideologías “definen los objetivos, la organización y los límites de la vida política” (Easton, 1965). Identifican con claridad las ideas y los valores que guían el comportamiento de los políticos. En concreto las ideologías importan. Nos presentan una interpretación clara del estilo de gobierno y del tipo de sistema político que pretende instaurarse. Ciertamente deben evitarse los componentes pasionales, el dogmatismo y la intolerancia. No defendemos un concepto “fuerte” de ideología, que impone sus ideas a la sociedad y asfixia las libertades. ¿Habría llorado por Fidel Castro el “balserito” cubano, Elián González, si hubiera crecido en los Estados Unidos y no en Cuba, donde finalmente se lo llevó su padre cuando ganó la custodia?

Frente a la tentación autoritaria que amenaza a El Salvador, los partidos están obligados a definir con claridad los principios que los rigen. Existen libertades y derechos que no son relativos y su vigencia no está sujeta a discusión. La separación de poderes, el derecho a elegir y a ser electo en comicios periódicos, libres, limpios y equitativos, las libertades de tránsito, reunión, expresión y económicas, el derecho a la propiedad privada, el respeto a la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, el acceso a la información pública, la transparencia, el mérito en la administración pública, todos son asuntos incuestionables, los regula la Constitución de la República y no pueden ni deben estar sujetos a interpretaciones arbitrarias.

Andrés Manuel López Obrador en México, Jair Bolsonaro en Brasil, Donald Trump en los Estados Unidos y Nayib Bukele en El Salvador, prescindieron de planteamientos ideológicos y se valieron de la antipolítica para ganar las elecciones. En sus alocuciones públicas y principalmente en sus cuentas de Twitter, los entonces aspirantes repudiaron a la clase política, a los partidos y a las instituciones por su mal desempeño y corrupción. Su intención era la de multiplicar el hastío, el desencanto, la desesperanza y la indignación de la gente. Su discurso, potenciado por el carisma que les atribuyen sus seguidores, aumentó el clima de opinión negativo en contra de los partidos “tradicionales”, cuya falta de credibilidad y pérdida de confianza entre la ciudadanía se viene señalando desde hace una década por el Latinobarómetro y el Barómetro de las Américas (LAPOP).

Los cuatro utilizaron las redes sociales a su favor. Su objetivo era fomentar la apatía. Su llamado a los electores para que anularan el voto parece haber tenido éxito en algunas latitudes. En El Salvador por ejemplo, los votos nulos entre la elección de 2015 y la de 2018 aumentaron en aproximadamente 130,000 sufragios. Este resultado fue premonitorio de lo que sucedería en 2019. Los mensajes de Bukele se prestaron al simplismo, a caricaturar a sus adversarios, a la descalificación, en algunas ocasiones al insulto y a la difamación. El Salvador ha tenido en sus últimos años claros síntomas de antipolítica como desmovilización y desmoralización. Las cifras de abstencionismo en recientes procesos electorales son un ejemplo. En 2012 se registró un 48% de personas que no acudieron a las urnas, en 2015 un 52% y en las elecciones legislativas de 2018 la abstención alcanzó el 55%.

Censurar a las ideologías es una mala decisión. Ubica a los partidos en un limbo institucional que no permite al electorado situarlos en una categoría concreta. Es cierto que los militantes están obligados a deliberar al interior de las organizaciones partidarias. Ese ejercicio democrático les permite adoptar posturas y revisar su ideario. Lo que no es viable es la indecisión, el titubeo, la confusión. En 2021 se requieren partidos y diputados con sólidas convicciones democráticas.

*Publicado originalmente en El Diario de Hoy

**Director del Departamento de Estudios Políticos

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