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Cuidado y familia

Autor: 
Aida Carolina Quinteros
Fecha: 
Mar, 03/07/2017

Hay varias consideraciones sobre el cuidado. Por un lado, se refiere a las actividades, remuneradas o no, que se destinan al bienestar de las personas y que implica apoyo material, económico, moral y emocional para quienes están o podrían estar en situación de dependencia. Requiere uso del tiempo, recursos económicos, destrezas y vínculos afectivos entre la persona cuidada y la cuidadora (Aguirre 2011).

Por otra parte, algunas autoras (Rico y Robles, 2016, pp 11 y 12) refieren que el cuidado es la función social que integra actividades, bienes y relaciones destinadas al bienestar de las personas y abarca desde lo material hasta lo emocional. Incluye la provisión de bienes esenciales para la vida tales como alimentación, abrigo, acompañamiento, higiene, así como elementos de socialización primaria y crianza que se brindan a personas en situación de dependencia ya sea por edad, enfermedad, discapacidad o alguna otra condición que le implique ayuda para la sobrevivencia cotidiana. Estas funciones pueden ser desarrolladas a través del Estado o adquiridas mediante la compra de servicios; pero también y sobre todo, son actividades que se desarrollan en el ámbito familiar. 

Otras perspectivas tienden a nombrarlo como “economía del cuidado”, para hacer referencia a que es un aporte intangible pero real a la producción de los modelos económicos y otros enfoques prefieren hablar de “régimen de cuidado” o de “organización social del cuidado”, para referirse al papel del Estado en la provisión y regulación de estas tareas, perspectiva que está más relacionada con las políticas de bienestar (Esquivel 2015). 

En cualquier caso, los escritos sobre cuidado han servido para visibilizar este trabajo, que es realizado fundamentalmente por mujeres y colocar el tema en la agenda pública, de tal manera de sensibilizar sobre el mismo e invitar a la corresponsabilidad entre los adultos del hogar, especialmente los padres en el caso del cuidado de los niños y niñas, así como entre los otros actores del bienestar: el mercado y el Estado. Esto es importante para la solidez y calidad del cuidado de las personas que lo requieren, pero también para que el trabajo que ello implica, no represente una limitación de oportunidades para las personas que cuidan.  

Adicionalmente, es necesario acotar que si bien este trabajo forma parte fundamental de las políticas de bienestar y de protección social, contienen elementos que le diferencian, le vuelven más específico, según lo describe Esquivel (2011). Mientras que en las políticas de protección social, el acento está colocado en los grupos que están en condición de vulnerabilidad, que requieren cuidados especiales y donde el Estado debe tener un rol subsidiario; la lógica del cuidado llama la atención acerca de la forma en que este trabajo está siendo realizado, haciendo visible las condicionantes de género, las regulaciones en la provisión de este servicio y la situación económica de las familias. Es decir, según la autora, el enfoque de protección social se centra en quien requiere ser atendido (NNA, personas mayores, enfermas o discapacitadas), mientras que la perspectiva desde el cuidado enfatiza, además, en quién y cómo se realiza esta actividad. 

Bajo este enfoque las políticas de apoyo al cuidado, pueden estar dirigidas tanto a las personas que los necesitan –implementando este tipo de servicios vía Estado o mercado--, como a quienes lo provean ya sea mediante políticas de conciliación trabajo – familia, vigilancia en cumplimiento de derechos y garantías para su salud física y mental y regulaciones del trabajo de cuidado que está mercantilizado, especialmente el trabajo doméstico. 

En El Salvador, existen algunas políticas de apoyo para las familias reconocidas en la normativa, instituciones y diferentes instrumentos de políticas pública, pero no han sido suficientes para dar soporte sostenido a las familias para que ejerzan su rol en el cuidado. Siguen existiendo brechas de cuidado en materia de licencias, cobertura de servicios y mecanismos de protección a personas cuidadoras (Salvador, 2015).  Tampoco se evidencian suficientes esfuerzos para apoyar la reducción del costo en dinero, tiempo y esfuerzo invertido en el cuidado, ni se ha fomentado adecuadamente la corresponsabilidad (PNUD-OIT, 2015).  En suma, el cuidado de las nuevas y antiguas generaciones es un tema pendiente para las políticas públicas y requiere de atención inmediata para garantizar una sociedad de oportunidades y de bienestar para todos. 

Referencias 

Aguirre, Rosario (2011) “El reparto del cuidado en América Latina”. En “El trabajo del cuidado en América Latina y España”. Durán, María Ángeles (Dir). Fundación Carolina. Madrid.

Esping-Andersen, Gosta. (2007) “Un nuevo equilibrio de bienestar: A New Welfare Equilibrium” Política y Sociedad, 2007 vol: 44 (2) pp: 11-30.

Esquivel, Valeria (2015) “El cuidado: de concepto analítico a agenda política”. En Nueva Sociedad No 256.

(2011)   “La economía del cuidado en América Latina: Poniendo los cuidados en el centro de la agenda”. Colección Atando cabos; deshaciendo nudos. Área práctica de género, Centro regional para América Latina y el Caribe, PNUD

PNUD-OIT (2015) “Conciliación con corresponsabilidad social en El Salvador. Reflexiones y aportes para la construcción de una agenda nacional de cuidados”. San José Costa Rica.

Rico, María Nieves y Robles, Claudia (2016). “Políticas de cuidado en América Latina. Forjando la igualdad”. Serie Asuntos de Género, CEPAL y Cooperación Alemana. Santiago de Chile.

Salvador, Soledad (2015) “Política de cuidados en El Salvador”. CEPAL, serie Asuntos de Género No. 129. 

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