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El sistema educativo salvadoreño frente a la pandemia del COVID-19

Autor: 
Helga Cuéllar-Marchelli
Fecha: 
Mar, 04/21/2020

 

Una de las medidas tomadas por el Ejecutivo para prevenir la enfermedad del coronavirus (COVID-19) ha sido el cierre de las instituciones educativas. En El Salvador, la suspensión de clases en el sector de educación formal y no formal comenzó el 11 de marzo, por lo que muchos centros educativos se vieron obligados a recurrir a la educación en línea o a distancia para poder continuar con sus actividades.

En el ámbito de la educación formal, el Ministerio de Educación (MINED) inició la puesta en marcha del “Plan de Continuidad Educativa”. Como parte de este esfuerzo se creó un centro de llamadas para atender consultas pedagógicas de docentes y directores,  se han facilitado guías de trabajo digitales o impresas para orientar los procesos de aprendizaje desde casa, y se ha comenzado un proceso de digitalización de la educación, el cual incluye la entrega de computadoras y  capacitación de  docentes en el uso de Google Classroom. La respuesta del sector público y privado ha sido de igual pulso, asumiendo el reto de continuar la formación de cualquier manera; es obvio que las instituciones que ya tenían plataformas de educación en línea han podido adaptarse más rápido a las circunstancias.

Sin embargo, la buena voluntad es insuficiente para garantizar satisfactoriamente la continuidad educativa. En primer lugar, existe una limitada capacidad nacional para adaptarse súbitamente a esquemas de educación en línea. No todos los estudiantes tienen computadoras u otros dispositivos con conexión a Internet. A partir de la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM) de 2018, se estima que del total de personas de diez años o más que son estudiantes (1.1 millones), solo el 61% lo usa y el 44.8% lo hace desde un celular. El acceso a este servicio es mayor en el área urbana (72%) que la rural (41.5%); y, a mayor nivel de ingreso, mayor es la probabilidad de que un estudiante lo pueda usar. Solo un tercio de quienes están en condición de pobreza extrema y estudian disponen de este servicio, en contraste con el 70% de aquellos considerados no pobres. El acceso a Internet es menor para quienes estudian algún grado de básica (44.5%) que para quienes están en bachillerato (80%) o asisten a la universidad (94%). En definitiva, la probabilidad de tener computadoras, teléfonos celulares o tabletascon conexión a Internet y recibir clases en línea desde la casa, es mayor para quienes estudian grados superiores, no son pobres y viven en el área urbana.

En segundo lugar, si no todos los estudiantes tienen el mismo acceso a la educación en línea, lo más probable es que durante la pandemia se profundicen las desigualdades en aprendizajes. La pérdida de instrucción debido al cierre de las escuelas se puede amortiguar, si hay acceso a una educación en línea que facilite los contenidos curriculares y la posibilidad de interactuar con profesores capaces de enseñar utilizando herramientas tecnológicas. El problema es que, según los datos de la EHPM 2018, 47% de los estudiantes de instituciones públicas no pueden aprovechar la educación en línea por falta de Internet. Y entre 11% y 23% de quienes asisten a instituciones laicas o religiosas podrían encontrarse en la misma situación. Para este grupo, el impacto en sus aprendizajes dependerá de cuánto puedan apoyarse en otras herramientas para aprender, tales como: guías de trabajo impresas o la disponibilidad de programas de televisión o radio educativa.

Además, tener Internet en casa no es suficiente para garantizar una buena formación en línea. Esta dependerá tanto del contexto del hogar como de la disciplina y el compromiso de los estudiantes y padres de familia con una forma diferente de aprender. Difícilmente se podrá facilitar el aprendizaje desde los hogares obligados al confinamiento, si durante la pandemia los estudiantes están expuestos a estrés o sufren hambre por la pérdida de empleo e ingresos de sus padres o responsables, sienten temor o ansiedad por la pandemia u otras causas.  Otros, a lo mejor, tienen que competir por el uso de dispositivos e Internet con los miembros de su familia (unos estudian, otros hacen teletrabajo) o no cuentan con espacios adecuados para estudiar. En todo caso, a mayor número de días en aislamiento o con dificultades para estudiar desde casa, mayor podría ser el rezago educativo y la probabilidad de abandonar la escuela.

La emergencia sanitaria debido a la pandemia del COVID-19 es un hecho y hay que atenderla. El MINED debe continuar sus esfuerzos para garantizar el derecho a la educación y cada miembro de la comunidad educativa está llamado a apoyar la educación de niños y jóvenes, ajustándose a lo extraordinario de este tiempo. Es importante reducir el rezago educativo durante la pandemia lo más que se pueda; pero, al no tener todos los estudiantes el mismo acceso a las mismas oportunidades formativas, lo más probable es que la desigualdad en los aprendizajes que ya existía se profundice. Cuando la emergencia pase, para poder ser reabiertos, los entornos escolares deberán cumplir con estrictas medidas de higiene; pero, además, habrá que evaluar la dimensión del rezago educativo e implementar estrategias para recuperar aprendizajes y reducir las desigualdades. Finalmente, el sistema educativo no estaba preparado para enfrentar el COVID-19, pero esto no puede volver a pasar. Si algo ha puesto al descubierto la pandemia es la urgencia de replantear la educación del país y desarrollar una plataforma digital que le permita avanzar hacia el futuro.

 

*Foto recuperada de: El Diario de Hoy

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