El Salvador cerró 2025 con un crecimiento por encima de su promedio histórico, pero con motores en buena medida transitorios. La tarea ahora es convertir ese impulso en un salto sostenido de productividad, inversión y exportaciones.


El Salvador cerró 2025 con un crecimiento por encima de su promedio histórico, pero con motores en buena medida transitorios. La tarea ahora es convertir ese impulso en un salto sostenido de productividad, inversión y exportaciones.

En 2025, la economía salvadoreña creció ligeramente por encima de su tendencia de largo plazo. Si tomamos como referencia un crecimiento potencial cercano al 2.5%, el desempeño observado al tercer trimestre (3.9%) sugiere un año relativamente dinámico, impulsado por factores concretos y, en parte, excepcionales.

El principal motor fue el fuerte aumento de las remesas familiares: en 2025 el país recibió cerca de US$9,988 millones, un alza de US$1,508 millones (17.8%). Este flujo ha sostenido el consumo y la actividad, pero también refleja un componente precautorio asociado al entorno migratorio en Estados Unidos, por lo que es razonable anticipar una moderación en 2026.

El incremento de US$1,713 millones en depósitos de hogares en la banca comercial, es consistente con ese mayor flujo de remesas y fortaleció la liquidez del sistema financiero. Dicho de otra forma, parte del auge de las remesas no solo se gastó: también se ahorró, creando condiciones favorables para el crédito y la inversión, apalancando proyectos de construcción, entre otros.

Desde la demanda, el mayor aporte al crecimiento del PIB provino de la inversión (6.9%), seguida por el consumo privado (2.2%) y un aporte más modesto de las exportaciones (1.2%). Al mismo tiempo, el consumo público (-0.8%) restó al crecimiento, reflejando el ajuste fiscal en marcha en el marco del programa con el FMI. Desde la oferta, el avance de 3.9% en el PIB al tercer trimestre se concentró en pocos sectores: construcción explicó una porción significativa (1.7%), con apoyo adicional de servicios financieros (0.6%) y logística (0.3%).

Sin embargo, aún no se observan cambios estructurales que alteren la trayectoria de largo plazo. La composición de la inversión —con un peso elevado de construcción y una fracción importante de bienes como vehículos— ayuda a explicar por qué el crecimiento sigue dependiendo más de acumular factores que de elevar productividad. Y, sobre todo, la IED continúa siendo un eslabón débil: al tercer trimestre de 2025 acumuló alrededor de US$198 millones, de las cifras más bajas recientes, y con una orientación limitada hacia manufactura exportadora (sólo el 24%).

En paralelo, el desempeño exportador de bienes (1.9% en el año) se mantiene reducido, mientras las importaciones crecieron con fuerza, destacando el salto de compras desde China (US$3,566 millones; con un aumento de 34%), presión adicional para la industria local en un mercado internacional muy competitivo—segundo shock chino—.

Así, 2026 podría tender a la “media” si se normaliza el impulso de remesas. El desafío es usar la estabilidad macro y la mejora del clima de inversión para acelerar reformas estructurales: atraer más IED, escalar exportaciones de bienes y servicios en cadenas de mayor valor agregado, y construir —con capital humano e instituciones— un camino claro hacia una economía de renta alta.