El desarrollo económico se logra mediante la transformación estructural: que la población ocupada transite de sectores de baja productividad hacia otros de alta productividad. Ese es el gran reto pendiente de la economía salvadoreña para convertirse en un país de renta alta.
El Informe de Desarrollo
Económico y Social 2025 de Fusades sobre innovación y tecnología puso cifras a una
realidad conocida: en 2021, el 68.5% de los ocupados en El Salvador —unos dos
millones de personas— trabajaba en el sector informal, pero apenas generaba el
20.5% del valor agregado bruto nacional. Esto implica que la productividad de un
trabajador informal equivale a 11% de la de uno formal. Allí está una de las
raíces de los bajos ingresos.
El desarrollo económico se
logra mediante la transformación estructural: que la población ocupada transite
de sectores de baja productividad hacia otros de alta productividad. Ese es el
gran reto pendiente de la economía salvadoreña para convertirse en un país de
renta alta. En un trabajo publicado este año, Dani Rodrik, profesor de
Harvard, y Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía, sostienen que la
estrategia tradicional —impulsar la manufactura y las exportaciones, con la que
tuvieron éxito Corea del Sur, Taiwán y Singapur, y más recientemente China— ya
no es factible: los cambios tecnológicos hacen que producir manufacturas
requiera cada vez más habilidades y capital, y menos mano de obra, por lo que
es poco probable que este sector siga absorbiendo trabajadores.
El Salvador no es ajeno a
esa tendencia. Entre 1998 y 2025, el sector agropecuario redujo su
participación en el empleo de 22.6% a 13.2%, y la industria manufacturera de
18.9% a 14.5%, mientras servicios, comercio y construcción ganaron
participación. Lo mismo ocurrió en el valor agregado bruto: agricultura e
industria perdieron 5.2 y 5.7 puntos, mientras el de servicios, la construcción
y el sector financiero aumentaron su peso. Los sectores transables ceden
terreno frente a los no transables.
¿Qué hacer entonces?
Rodrik y Stiglitz proponen complementar la apuesta industrial —que genera valor
agregado, pero ya no tantos empleos— con una apuesta decidida por la economía
verde y por los servicios, donde se concentra la mayor parte del empleo informal.
El gran objetivo debe ser elevar la productividad de los trabajadores
informales aprovechando las herramientas digitales y la inteligencia
artificial, como también lo propone el IDES 2025.
Los autores advierten que
las políticas industriales implican aprendizaje: no se puede definir la ruta de
antemano, hay que experimentar. Para ello plantean cinco procesos: descubrir
las oportunidades de incrementos de productividad en las pequeñas y medianas
empresas mediante consultas directas con el sector privado; coordinar a las
instituciones públicas que las apoyan; monitorear y evaluar, dejando ir los
proyectos que no funcionan para concentrarse en los que sí; incluir condicionalidades
de desempeño para los beneficiarios, con indicadores objetivos; y crear una
nueva institucionalidad que implemente los programas. La transformación
estructural no ocurrirá por sí sola: requiere una estrategia explícita.
Hay señales alentadoras.
Entre 2018 y 2025, los cotizantes a la seguridad social pasaron de 28.5% a
32.7% de la población económicamente activa, el nivel de formalidad más alto
desde 1996, en un período de crecimiento superior al promedio de largo plazo,
mejora de la seguridad ciudadana y aumento de las remesas. Estamos en un buen
momento para definir una estrategia de crecimiento que apueste por la
transformación productiva nacional para consolidar y acelerar estas tendencias.