Una empresa global no llega a un país por amabilidad: llega porque encuentra la infraestructura, el talento, la conectividad y la estabilidad institucional que sus operaciones exigen. Eso significa invertir sostenidamente en educación técnica y superior vinculada a la industria, en infraestructura energética y digital confiable, y en un clima de negocios predecible.
Hace
treinta años, la profesora de Harvard Rosabeth Moss Kanter acuñó una expresión
que sigue siendo vigente: clase mundial. En su libro World Class:
Thriving Locally in the Global Economy (1995), Kanter planteó que en la
economía global solo prosperan los países cuyos bienes y servicios satisfacen
los estándares más exigentes del mercado internacional. Pero también advirtió
algo más profundo: detrás de esos productos hay personas con conocimiento,
capacidades y conexiones globales. Son ellas —y las empresas que las agrupan—
las que constituyen verdaderamente la "clase mundial". Los países que
logran construir ese entorno crecen; los que no, se estancan.
El
Salvador tiene empresas que ya compiten en esas grandes ligas. Las
exportaciones de alta tecnología —según la clasificación CITI— pasaron de US$38
millones en 1994 a US$386 millones en 2025, creciendo a un ritmo del 7.8%
anual, por encima del promedio de las exportaciones totales de bienes (5.4%).
Dentro de ese total destacan los productos eléctricos y electrónicos, que
crecieron al 14% anual en el mismo período y alcanzaron los US$209 millones en
2025. Un símbolo de esa capacidad es AVX, filial de la japonesa Kyocera, que
fabrica capacitores eléctricos en el país y exporta con los estándares más
rigurosos de la industria electrónica global.
En
servicios, la historia es igualmente alentadora. Las exportaciones de
telecomunicaciones, informática e información pasaron de US$71 millones en 1995
a US$455 millones en 2025, con un crecimiento promedio del 6.4% anual. Los
centros de servicios compartidos, los call centers y las empresas de
software —algunas de capital extranjero, otras enteramente salvadoreñas—
demuestran que los empresarios y trabajadores del país sí pueden competir en
sectores de alta exigencia tecnológica, ganando clientes en mercados que no
perdonan la mediocridad.
Sin
embargo, el desafío de escala es enorme. Una sola AVX no mueve la aguja del
desarrollo. Para que El Salvador transite hacia una economía de renta alta,
necesita multiplicar ese tipo de presencia: atraer treinta empresas de calibre
similar, en electrónica, en manufactura avanzada, en servicios digitales. Cada
una trae consigo no solo empleos mejor remunerados, sino también conocimiento,
redes internacionales y el efecto demostración que anima a las empresas
nacionales a elevar su propio estándar. La inversión extranjera directa de alta
tecnología no es un lujo: es un acelerador del cambio estructural que el país
necesita.
Para
lograrlo, El Salvador debe ser, en sí mismo, una plataforma de clase mundial.
Una empresa global no llega a un país por amabilidad: llega porque encuentra la
infraestructura, el talento, la conectividad y la estabilidad institucional que
sus operaciones exigen. Eso significa invertir sostenidamente en educación
técnica y superior vinculada a la industria, en infraestructura energética y
digital confiable, y en un clima de negocios predecible. Las exportaciones de
alta tecnología crecen cuando el entorno que las rodea también es de clase
mundial.
El
Salvador ha demostrado que puede competir. Lo que falta es decidir competir en
mayor escala, con más actores, en más sectores. Ese es el único camino que
conduce, de manera sostenida, hacia una economía que ofrezca mejores
oportunidades para todos.