Cada semana aparecen noticias sobre sistemas IA más capaces, y no falta quien concluya que pronto dejará de tener sentido invertir en educación, formación o experiencia. Pero esa visión es prematura; Jed Kolko, de Brookings, sostiene que la investigación sobre IA y mercado laboral todavía está en sus inicios: los hallazgos iniciales no son concluyentes, los datos son limitados y apenas estamos empezando a entender todos los canales por los cuales la IA afectará el trabajo.
Para hablar
de desarrollo, el progreso debe sentirse en la vida cotidiana de las personas.
Y eso ocurre cuando se crean más y mejores empleos: trabajos formales,
productivos, mejor remunerados y con posibilidades de crecimiento. Una economía
donde la gente teme perder su sustento difícilmente será percibida como una que
avanza.
Por eso, el
debate sobre la inteligencia artificial (IA) no puede limitarse a preguntar
cuántos puestos de trabajo podrían desaparecer. La pregunta más importante es
otra: ¿qué tipo de economía queremos construir con esta tecnología?
Es
comprensible que existan temores. Cada semana aparecen noticias sobre sistemas
IA más capaces, y no falta quien concluya que pronto dejará de tener sentido
invertir en educación, formación o experiencia. Pero esa visión es prematura; Jed Kolko, de Brookings, sostiene que la
investigación sobre IA y mercado laboral todavía está en sus inicios: los
hallazgos iniciales no son concluyentes, los datos son limitados y apenas
estamos empezando a entender todos los canales por los cuales la IA afectará el
trabajo.
Una
contribución útil para ordenar este debate es el nuevo trabajo de Daron Acemoglu, David Autor y Simon Johnson, publicado por NBER en 2026. Su
argumento central es que la IA no tiene un destino único. Puede automatizar
tareas y reducir el valor de ciertos trabajos, pero también puede ampliar las
capacidades humanas, elevar el valor del conocimiento especializado y crear
nuevas actividades. Los autores llaman “IA pro-trabajador” a aquella que hace
más valiosas las habilidades humanas al expandir lo que las personas pueden
hacer.
Esa
diferencia es crucial. No toda innovación favorece automáticamente al
trabajador. Cuando la tecnología se orienta solo a sustituir, surgen ganadores
y perdedores, crece la ansiedad y puede aumentar la desigualdad. Pero cuando se
diseña para complementar el juicio humano, mejorar decisiones y crear nuevos
trabajos, la historia puede ser muy distinta.
Ya existen
ejemplos alentadores: asistentes de IA para electricistas, apoyo a examinadores
de patentes, herramientas para fortalecer la labor docente y soluciones que
ayudan a trabajadores menos experimentados a realizar tareas más complejas. La
lógica detrás de estos casos no es reemplazar a la persona, sino volverla más
productiva, más capaz y más valiosa.
Para El
Salvador, esta discusión es especialmente importante. Nuestro objetivo no debe
ser resistir la tecnología, sino orientarla hacia una economía que premie el
aprendizaje, la experiencia y la capacidad de resolver problemas. Eso exige
invertir más —no menos— en educación, habilidades digitales, formación técnica
y talento humano. También exige que empresas, universidades y sector público
trabajen juntos para adoptar una IA que complemente al trabajador, en lugar de
desplazarlo.
La IA puede
ser una herramienta para que más salvadoreños accedan a mejores oportunidades.
El desenlace no está escrito. Depende, en buena medida, de una decisión
colectiva: usar la tecnología para sustituir personas, o para potenciar su
talento y ampliar sus posibilidades. En esa elección se juega una parte
importante de nuestro futuro.