*Un blog del Departamento de Estudios Económicos
Originalmente publicado en revista El Economista, edición enero 2023.
En 2020, por el
COVID-19, el mundo enfrentó la mayor crisis económica desde la Gran Depresión
de los años 30; la economía mundial cayó 3%. En 2021 se experimentó una rápida
recuperación (6%); sin embargo, se comenzaron a generar presiones
inflacionarias por el aumento de la demanda derivada de la reapertura y
políticas de reactivación y ayuda; y por la interrupción de las cadenas de
suministros y encarecimiento de fletes. El conflicto Rusia-Ucrania (febrero de
2022), aumentó la incertidumbre y añadió presión sobre el precio del petróleo,
gas, trigo, maíz, fertilizantes y metales.
Las políticas para
combatir la inflación (la tasa de la Reserva Federal subió de 0.08 a 4.33 en
2022); las nuevas cepas del COVID y política de cero tolerancia en China,
comenzaron a frenar la recuperación. En octubre de 2022, el Fondo Monetario
Internacional (FMI) realizó un recorte de sus proyecciones del crecimiento
mundial hacia la baja: 3.2% para 2022 y 2.7% para 2023; se estima que en 2024
el crecimiento se acelerará, pero a una tasa baja.
Las estimaciones del
crecimiento de Estados Unidos son 1.6% en 2022 y 1.0% en 2023; se espera que la
Reserva Federal continúe subiendo la tasa de interés, pero a un ritmo más
lento.
En diciembre de
2022, la actividad de las fábricas en China se contrajo por tercer mes
consecutivo, con la mayor caída en cerca de tres años; al mismo tiempo que se
expanden los contagios y se desploman los precios inmobiliarios.
De acuerdo con las
estimaciones del FMI, la inflación mundial pasará de 6.4% en 2021 a 9.1% en
2022, la más alta desde 1998. Un informe del Banco Mundial plantea que se
mantendrá elevada hasta finales de 2024.
El mundo inicia el
2023 enfrentando varios riesgos: a) geopolítico: invasión de Rusia a Ucrania
que continúa, la influencia China y constitución de bloques; b) económico:
Estados Unidos, China y la Unión Europea se desaceleran, presiones
inflacionarias, política monetaria restrictiva, países endeudados, mercados
financieros volátiles; c) social: mayor pobreza y desempleo, alto costo de la
vida, nuevas olas de contagio y migración local e internacional.
La directora del FMI
advirtió, recientemente, que los principales motores del crecimiento mundial se
están desacelerando, estimando que un tercio de la economía mundial entrará en
recesión en 2023; y aun en los países que no experimenten una contracción, gran
parte de sus ciudadanos enfrentarán condiciones similares.
El bajo crecimiento
de la economía mundial y estadounidense tendrá un impacto en los países de la
región a través de: exportaciones, remesas, precios y acceso a
financiamiento. El Salvador está
experimentando la desaceleración de sus exportaciones y remesas, inflación por
factores internos e importada, y restricciones al financiamiento que se ha
encarecido; lo que obviamente afectará su crecimiento.
No obstante, dentro
de la crisis se deben aprovechar las oportunidades: tecnologías más flexibles
para enfrentarla, medios de comunicación y transporte avanzados; se puede
avanzar en la digitalización y conectividad; diversificación de la matriz
energética y transición hacia energías limpias; una estrategia para
beneficiarse del nearshoring; y
mejorar las condiciones internas para acceder a oportunidades de financiamiento
favorables.
La incertidumbre
ante distintos riesgos hace necesaria la colaboración pública y privada, y se
requiere de la cooperación internacional. El surgimiento de la inflación
demanda el adecuado equilibrio entre las políticas monetarias contractivas y el
estímulo al crecimiento, y mecanismos de protección social. En aquellas naciones con finanzas públicas
frágiles, el manejo fiscal responsable es imperativo.