A octubre de 2025, el déficit comercial de bienes con China alcanzó los US$3,012 millones, un aumento de 41.6% respecto al año anterior. Para dimensionarlo: en 2019, previo a la pandemia, fue de US$1,605 millones; entre 2021 y 2024 promedió US$2,571 millones.


El acelerado ascenso tecnológico de China está reconfigurando el comercio mundial y plantea nuevos desafíos competitivos para países pequeños y abiertos. Pero también abre una ventana para repensar nuestra estrategia productiva, fortalecer capacidades y actuar con visión de largo plazo. Vale la pena preguntarnos: ¿cómo prepararnos para competir —y prosperar— en esta nueva fase de la globalización?

A octubre de 2025, el déficit comercial de bienes con China alcanzó los US$3,012 millones, un aumento de 41.6% respecto al año anterior. Para dimensionarlo: en 2019, previo a la pandemia, fue de US$1,605 millones; entre 2021 y 2024 promedió US$2,571 millones. El Salvador no es la excepción, en noviembre de 2025, el superávit comercial global de China superó el billón de dólares, rebasando el nivel de 2024. Las exportaciones chinas continúan creciendo, pese a la guerra comercial con Estados Unidos; disminuyen hacia ese mercado, pero crecen hacia la mayoría de los países del mundo.

Este patrón ha sido descrito antes. Entre 1999 y 2007 ocurrió el llamado primer shock chino, marcado por una rápida expansión de manufacturas de bajo costo que desplazó producción en múltiples economías. Solo en Estados Unidos, el empleo manufacturero cayó 25%. La combinación de apertura comercial, política industrial activa y una fuerza laboral abundante permitió a China inundar los mercados globales con bienes competitivos, generando impactos económicos, sociales y políticos profundos. Ese ciclo se moderó cuando los costos laborales en China comenzaron a aumentar.

Hoy estamos frente al shock chino 2.0, posiblemente más desafiante. China ya no compite solo en productos de bajo costo; ahora lo hace en manufacturas y servicios de alta tecnología: telecomunicaciones, semiconductores, inteligencia artificial, baterías y vehículos eléctricos, entre otros. Su ventaja ya no radica en salarios bajos, sino en subsidios estatales significativos, una política industrial agresiva y empresas altamente innovadoras que operan en uno de los ecosistemas competitivos más dinámicos del mundo. Pocas firmas globales —y menos aún de países pequeños— están preparadas para enfrentar esta presión.

Frente a este entorno, ¿qué debemos hacer como país y región? Proponemos cuatro líneas de acción: 1) Aprovechar los mecanismos multilaterales y regionales. La magnitud del reto afecta por igual a nuestros principales socios comerciales. Avanzar en las soluciones que ofrecen los acuerdos multilaterales y profundizar el proyecto de integración centroamericana es esencial para ganar escala y capacidad de negociación. 2) Fortalecer el ecosistema de innovación industrial. La colaboración entre sector privado, Estado y universidades debe traducirse en capacidades tecnológicas, desarrollo de proveedores y un entorno que permita a las empresas innovar y elevar su productividad. 3) Definir y sostener una política industrial estratégica. Una apuesta de país —o de región— por sectores de alto valor agregado, ya sea en servicios o manufacturas avanzadas, requiere continuidad, priorización y coordinación público-privada. 4) Acelerar la universalización y calidad de la educación secundaria. La base del desarrollo tecnológico es el talento. Ampliar cobertura y mejorar la pertinencia educativa permitirá que más salvadoreños participen en la economía del conocimiento.

El shock chino 2.0 ya está en marcha. La pregunta clave es si lo convertiremos en una oportunidad para impulsar una transformación productiva que beneficie a las futuras generaciones.