El mercado mundial muestra un desequilibrio claro: la oferta ha caído más que la demanda. La Agencia Internacional de Energía (AIE) proyecta que la oferta mundial de petróleo promedie 100.7 millones de barriles diarios en 2026, 5.8 millones menos que el año anterior. 


En junio advertíamos en este espacio sobre una nueva ola inflacionaria. Cuatro meses después, el riesgo se ha materializado. Lejos de encontrar la paz, el conflicto en Medio Oriente y la guerra entre Rusia y Ucrania se han intensificado, y el petróleo es el canal por el que esas guerras llegan al bolsillo de los salvadoreños.

El mercado mundial muestra un desequilibrio claro: la oferta ha caído más que la demanda. La Agencia Internacional de Energía (AIE) proyecta que la oferta mundial de petróleo promedie 100.7 millones de barriles diarios en 2026, 5.8 millones menos que el año anterior. La de combustibles refinados caería 2.3 millones, hasta 81.7 millones, por la menor capacidad de refinación en Medio Oriente y los ataques ucranianos a refinerías rusas, que redujeron las exportaciones de diésel de Rusia. Septiembre mostró un repunte, pero la AIE advierte que los nuevos ataques en el Golfo hacen frágil la recuperación. Además, los inventarios globales son 509 millones de barriles menores que en febrero. Con ese colchón más delgado, el barril de WTI, que promedió US$96.9 en septiembre, 52.1% más que hace un año, se mantendría elevado en los próximos meses.

En El Salvador el impacto ya es visible. El diésel, clave para el transporte de carga y la maquinaria, cuesta 44.6% más que hace un año, y la gasolina especial, 33.3% más. El precio de la electricidad en el mercado regulador del sistema aumentó 194% entre febrero y septiembre. La inflación al consumidor llegó a 3.6% en septiembre, pero en transporte alcanzó 9.6%. En los precios al productor, el rubro de electricidad y gas subió 23.1%, costos que tarde o temprano llegan a los precios finales. La factura petrolera aumentó US$492 millones hasta agosto y el incremento anual respecto a 2025 rondaría US$750 millones, recursos que dejan de circular en la economía local.

Es un shock de oferta: producir se vuelve más caro, lo que normalmente reduce la producción y el empleo. Pero encuentra al país en fase expansiva, con un crecimiento real de 4.9% en el primer semestre. Más que una contracción, lo previsible es una moderación del crecimiento. El efecto más directo recaerá sobre el poder de compra de los hogares, especialmente los de menores ingresos.

El precio del petróleo terminará bajando: los precios altos estimulan la inversión en exploración, extracción y refinación, y la AIE ya prevé que la oferta crezca 7.7 millones de barriles diarios en 2027. Pero nadie sabe cuándo terminarán las guerras, y las nuevas inversiones tardan en madurar. Al ser un shock externo, no puede evitarse, pero sí amortiguarse. En el corto plazo, conviene focalizar medidas paliativas en los hogares más vulnerables, con prioridad en proteger su alimentación, y perseverar en lo que fortalece la competitividad: facilitación de trámites, integración aduanera, infraestructura y productividad basada en innovación y tecnología.

Queda una lección de fondo: cada crisis petrolera recuerda el costo de depender de una sola fuente de energía. Seguir diversificando la matriz energética es la mejor preparación para la próxima.

Editorial publicado en la edición octubre - noviembre de la revista www.eleconomista.net