El flujo de salvadoreños hacia Estados Unidos se ha reducido significativamente, mientras que las remesas marcan récord: dos señales que invitan a actuar con prudencia y propósito.
Editorial publicado en la revista www.eleconomista.net edición noviembre-diciembre 2025
El año 2025
ha estado marcado por un cambio profundo en la dinámica migratoria entre El
Salvador y Estados Unidos. Las cifras más recientes del U.S. Customs
and Border Protection (CBP) muestran una reducción
del 90.6% en los encuentros de salvadoreños en la frontera sur, entre enero y septiembre, al pasar
de 32,853 en 2024 a solo 3,085 casos en 2025. Se trata del nivel más
bajo desde 2017, reflejo del endurecimiento de la política migratoria
estadounidense y del menor flujo de migración irregular desde Centroamérica.
En
contraste, los retornos desde Estados Unidos no han variado tanto: entre enero
y septiembre de 2025 se registraron 9,431 retornados, frente
a 10,867 en el mismo periodo del año anterior, según la Dirección General
de Migración y Extranjería. Aun así, las proyecciones del Fondo Monetario
Internacional (FMI) advierten que, en un escenario de mayores
deportaciones, los retornos podrían aumentar hasta 129,000
personas hacia 2030.
Mientras
tanto, las remesas familiares han crecido intensamente y podrían superar el 27% del PIB
en 2025, según estimaciones recientes. El FMI, en su Informe del
Artículo IV (junio de 2025), considera que este auge tiene una
naturaleza precautoria: muchos migrantes habrían enviado sus ahorros para El
Salvador ante el temor
de perder su estatus migratorio. El organismo prevé que este impulso
será temporal y que las remesas se estabilizarán alrededor
del 21% del PIB en 2030 incluso si aumentan en montos absolutos, en
línea con una reducción sostenida de la migración neta hacia Estados Unidos.
De cumplirse
ese escenario, El Salvador podría registrar una migración neta positiva por primera vez
en más de 60 años, lo que implicaría una reducción acumulada de hasta US$1,200 millones en remesas hacia 2030.
Según el FMI, esta caída podría restar 0.3 puntos porcentuales al
crecimiento económico por año, aumentar el déficit fiscal hacia 2030 y
presionar el mercado laboral, al exigir que el país genere más empleos para
absorber una fuerza laboral creciente que ya no emigra con la misma frecuencia.
Más que una
amenaza inevitable, este contexto debe percibirse como una señal de advertencia y
oportunidad. Si el auge actual se utiliza para impulsar la productividad,
la inversión y las exportaciones, El Salvador podría reducir su dependencia de
las remesas y construir un crecimiento más sostenible.
El país no
puede controlar la política migratoria de Estados Unidos, pero sí puede
decidir cómo se prepara para distintos escenarios. Convertir las remesas
en inversión, fortalecer el empleo formal y atraer inversión extranjera directa, son pasos clave para que el próximo
ciclo migratorio no sea de incertidumbre, sino de desarrollo y confianza en el
futuro.