Avances recientes en la inversión privada y en capital humano son positivos para El Salvador, pero su sostenibilidad dependerá de políticas que fortalezcan la productividad, la innovación y la competitividad.


La inversión es mucho más que un indicador económico: es la apuesta que una sociedad hace por su futuro. Cada proyecto productivo, cada obra pública, cada mejora en infraestructura o en capital humano constituye una semilla que, con el tiempo, se traduce en más empleos, mayor productividad y mejores oportunidades para la población.

En las últimas tres décadas, El Salvador ha invertido menos de lo que se requiere para dar un salto sostenido en su desarrollo. Entre 1992 y 2024, la formación bruta de capital promedió menos del 20% del PIB, con un mínimo de alrededor del 16% entre 2010 y 2016. Según el FMI, el país ocupa la posición 119 de 169 economías y se ubica en la medianía de América. En contraste, Surinam y Panamá invierten más del 40% del PIB, y República Dominicana, con 31.6%, ha crecido a ritmos más rápidos que los nuestros.

Entre 2016 y 2024, la inversión privada aumentó en seis puntos del PIB, con un crecimiento promedio real de 13.3% por año desde 2020. Entre 2005 y 2024, el sector privado representó el 85.7% de la inversión nacional, lo que confirma su papel central en el dinamismo económico. Este repunte ha estado vinculado, entre otros factores, al aumento de las remesas y el ahorro privado, así como a una mejora en la percepción del clima de inversión desde mediados de 2022.

La inversión pública, por su parte, ha enfrentado restricciones fiscales que la han mantenido por debajo del 3% del PIB desde 2006, limitando su capacidad para impulsar proyectos de gran envergadura. Aun así, ha habido un cambio relevante en su composición: en los últimos cuatro años, la inversión en capital humano —salud, educación, cultura, deporte y recreación— creció del 7.5% del total de la inversión pública en 2017-2020 a 25.4% en 2021-2024, con un fuerte aumento en montos absolutos.

Estos avances son importantes, pero aún insuficientes para cerrar la brecha con países que sostienen tasas de inversión más altas y consistentes. Mantener el impulso requerirá un compromiso más amplio, que combine estabilidad macroeconómica, mejoras en la productividad, innovación y un entorno competitivo que estimule la inversión privada, a la vez que se fortalezca la inversión pública de calidad.

Invertir no es solo una decisión económica: es una estrategia de país. Si bien las tendencias recientes ofrecen motivos para el optimismo moderado, el desafío está en crear un entorno institucional para que la inversión pública y privada sean un motor sostenible de desarrollo en el mediano y largo plazo.