Las decisiones que se tomen en el corto plazo serán determinantes. Atraer una inversión inicial del orden de US$100 a US$200 millones en un sector de alto riesgo tecnológico exige claridad estratégica, coordinación público-privada y un socio líder que transfiera conocimiento y tecnología. Es importante entender que este tipo de proyectos solo funcionan si todos los requisitos están presentes.
Editorial
publicado en la revista www.eleconomista.net edición enero-febrero 2026
Cada año,
cerca de 50,000 jóvenes salvadoreños se gradúan de bachillerato. Detrás de esa
cifra hay una pregunta central para el país: ¿cómo aseguramos que esta
generación encuentre empleos mejor remunerados, más productivos y con mayores
oportunidades que las anteriores? La respuesta está en la capacidad de El
Salvador de insertarse en actividades de mayor valor agregado y estándares
globales.
En este
contexto, la cadena global de semiconductores representa una oportunidad
estratégica. Se trata de una industria intensiva en conocimiento, tecnología y
capital humano, estrechamente vinculada al acelerado proceso de digitalización,
la automatización, el internet de las cosas y, especialmente, a la expansión de
la inteligencia artificial. Estas tendencias garantizan una elevada y sostenida
demanda de chips en los próximos años, lo que ha llevado a los grandes
jugadores del sector a una fase de expansión global.
Para
Centroamérica —y particularmente para El Salvador— este fenómeno abre una
ventana de oportunidad vía el nearshoring. Países como México,
Brasil y Costa Rica ya están avanzando en esta dirección. Sin embargo, esta
fase expansiva no será permanente, la ventana de tiempo es corta. Perder esa oportunidad
implica quedar nuevamente al margen de una industria que marcará la
productividad y la competitividad global en las próximas décadas.
Las
decisiones que se tomen en el corto plazo serán determinantes. Atraer una
inversión inicial del orden de US$100 a US$200 millones en un sector de alto
riesgo tecnológico exige claridad estratégica, coordinación público-privada y
un socio líder que transfiera conocimiento y tecnología. Es importante entender
que este tipo de proyectos solo funcionan si todos los requisitos están
presentes.
Entre ellos
destacan: mano de obra especializada y bilingüe, programas de posgrado
vinculados a empresas globales, infraestructura digital y energética confiable,
estabilidad institucional que evite cambios abruptos en reglas e incentivos,
una estrategia nacional clara que alinee industria, academia y gobierno, acceso
a mercados internacionales, diversificación de clientes y un posicionamiento
sólido en sostenibilidad y reputación país.
Una
oportunidad concreta de corto plazo está en el ensamblaje, prueba eléctrica y
empaquetado de semiconductores (APT por sus siglas en inglés), un eslabón
compatible con las capacidades iniciales del país y con potencial de escalar
hacia actividades más complejas. De lograrse, El Salvador podría convertirse en
el primer país al sur de la frontera de Estados Unidos con una operación de
esta naturaleza, enviando una señal prometedora al mundo.
Como
escribió George Bernard Shaw: “El hombre razonable se adapta al mundo;
el irrazonable insiste en adaptar el mundo a sí mismo. Por lo tanto, todo
progreso depende del hombre irrazonable.” Soñar en grande no es
ingenuidad; es una condición necesaria para transformar la estructura
productiva del país. Pero soñar no basta. Es momento de actuar, con urgencia,
visión y compromiso colectivo, para que ese sueño se traduzca en oportunidades
reales para las próximas generaciones de salvadoreños. El país necesita unirse
alrededor de proyectos como este y mantenerlos en el tiempo.