Este año, el crecimiento de las remesas familiares está impulsando la economía salvadoreña como ningún otro factor. Pero depender de este impulso plantea un desafío estratégico: ¿cómo lograr que la inversión y la productividad sean el motor de la economía una vez que las remesas dejen de crecer?
Editorial publicado en la revista www.eleconomista.net edición octubre-noviembre 2025
El fenómeno macroeconómico más relevante de 2025 en El
Salvador proviene del extraordinario crecimiento de las remesas familiares. La
magnitud de este flujo es tal que, en el primer semestre del año, las remesas
equivalieron al 26.8% del PIB, superando ampliamente el 23.7% registrado en el
mismo período de 2024. En términos nominales, el incremento de las remesas
—US$736 millones— fue casi igual al aumento del PIB total —US$776 millones—, lo
que evidencia su peso creciente en la demanda agregada. Mientras el PIB creció
4.5% y la producción real 3.2%, las remesas lo hicieron a un ritmo nominal de
17.9%.
Este impulso ha tenido efectos visibles. Por el lado de la
producción en dólares corrientes, la construcción creció 29%, impulsada por
proyectos residenciales y comerciales; las actividades financieras y de seguros
aumentaron 6.2%, y las inmobiliarias 5.7%. Desde la demanda, la inversión
privada repuntó 24.4% en dólares corrientes, y el consumo de los hogares se
expandió 4%, confirmando que buena parte del crecimiento actual descansa en el
flujo de remesas y su efecto multiplicador sobre la economía local.
Hasta agosto, los envíos acumulados desde el exterior
aumentaron en US$1,010 millones respecto a 2024, un alza del 18.3%, la más alta
desde el récord de 2021. Este dinamismo sitúa las remesas entre 26% y 27% del
PIB, un nivel sin precedentes que refleja su papel central en el desempeño
económico del país.
Sin embargo, la pregunta clave es ¿cuánto durará este auge? A diferencia del repunte
de las remesas de 2021 —explicado por los estímulos fiscales en Estados Unidos
durante la pandemia—, el crecimiento actual parece tener raíces precautorias.
Diversos analistas apuntan que las políticas más estrictas contra la inmigración
y la incertidumbre sobre el estatus de muchos trabajadores salvadoreños residentes en Estados Unidos, han
llevado a aumentar los envíos como medida de protección ante un posible retorno
forzoso.
Este contexto abre una ventana de oportunidad, pero también
una advertencia. Si las remesas comenzaran a estabilizarse o incluso a
disminuir en los próximos años, el país podría enfrentar una desaceleración del
consumo y de la inversión privada. Por eso, el reto es claro: transformar este
ingreso extraordinario en un motor sostenible de crecimiento, orientando
recursos hacia la innovación, la educación técnica y la diversificación
exportadora.
El Salvador disfruta
en la actualidad de un impulso externo poderoso, pero
transitorio. Aprovecharlo para fortalecer la productividad interna y atraer
inversión será decisivo para que el país no dependa de un ciclo incierto, sino
que construya las bases de un crecimiento sostenido y propio.